Por Lidia Feijóo Vicedo

Mi compañera y yo trabajamos con pacientes adictos desde hace más de quince años. Hace cinco la empresa fue absorbida y con ella vino una nueva visión de la adicción. 

Nos implantaron una metodología donde la base del tratamiento era la terapia de grupo a todas horas pero con una visión de la adicción como enfermedad, enfermedad que les afectaba a todos por igual, sin atender a la subjetividad de cada uno. 

Observábamos que en ningún grupo se cuestionaba el porqué de la adicción, ya había toda una teoría genética a cerca de por qué consumían.

Por entonces,  nosotras estábamos formándonos en Psicodrama Freudiano y llevábamos como pacientes practicándolo mucho tiempo. Veíamos la necesidad de una escucha diferente en la clínica. Una escucha, que nos permitiera atender aquello que los pacientes silenciaban con la adicción y ahora sé que no estábamos mal encaminadas.

Carmen fue una de nuestras primeras pacientes del grupo de psicodrama, junto con David, Rafa y Luis,  y en su primer encuentro con el grupo nos dijo: “todo lo que me callo en el trabajo con mi jefe me lo bebo cuando llego a casa”.

Tal y como nosotras lo vemos, la adicción tiene una función, la de silenciar, y eso es lo que se hacía en el resto de grupos en los que sólo se hablaba de deseos de consumo o situaciones de riesgo constantemente. Silenciar el dolor y, precisamente, lo que nosotras queríamos con el grupo, era ofrecerles un espacio de palabra, donde pudieran dar voz a lo que realmente les pasaba, respetando siempre sus ritmos. 

Los primeros encuentros con los pacientes son fabulosos porque, a través del juego y la dramatización de escenas, algo desconocido para ellos aflora, al bajar las resistencias y dejarse ser, decir, sentir… y para nosotras como terapeutas también. 

Por fin, podíamos ver en la práctica lo que la teoría psicoanalítica nos decía y tanto nos costaba entender, por lo menos a mí.

Diego es otro de nuestros pacientes, lleva en el grupo aproximadamente dos años. Nos contaba que tiene una relación con su madre muy intensa: “De pequeño siempre estaba con mi madre. Dormí en la cama de mis padres hasta muy mayor. Me llevaban a todas partes, no podían irse solos nunca. De hecho, cuando yo era un niño quisieron irse al cine a ver una película de miedo no autorizada a menores y mi padre consiguió convencer al del cine para que me dejara entrar con ellos a ver la película. Empecé a consumir el verano que me separé de mi madre por primera vez porque me fui al pueblo de vacaciones, y no he dejado de hacerlo hasta que entré en la clínica”. 

¿De qué se separó Diego ahí realmente? ¿Qué se le rompió? En términos teóricos leía a José Luis Cárceles en “La dirección de la cura en sujetos con drogadicción”  que en ese momento se dio el advenimiento de una situación traumática, un suceso en el cual se rompe el lazo con el otro pero no un otro cualquiera sino con aquel que encarnaba el significante del gran Otro para el sujeto. Un sujeto que se queda fijado en la constatación de no ser el falo imaginario para el gran Otro. Ahora comprendo lo que José Miguel Arnal, Mimí Bayarri, Teresa Fernández  Y Mario Jordá decían en su artículo “psicodrama y toxicomanía” en el libro  de Psicodrama Freudiano Clínica y práctica de Enrique Cortés: “para el toxicómano no había madre pero tampoco carrete, sino sustancia”, haciendo referencia al Fort-Da del nieto de Freud. “La correspondencia entre el juego  y la ausencia de su madre  le permite al niño inaugurar la serie de significantes, su entrada en lo simbólico a partir de la carencia”. Para el adicto no hay carrete que simbolice la ausencia, solo la sustancia como Objeto cuyo goce anula cualquier apertura significante y  pudimos verlo en la escena que nos relataba Diego. Ahí donde se le puntuó la relación entre la separación y el inicio del consumo empezaron los cuestionamientos y con ello sus primeras aproximaciones a lo simbólico. Podríamos decir que el psicodrama funciona como carrete para nuestros pacientes. Ese juego por el que a través de las escenas empiezan a simbolizar la pérdida, a través de los significantes que hasta entonces les faltaban.  Cuando empiezan a poner palabras y a cuestionarse, es que empiezan asumir su propia responsabilidad en la construcción de su propia historia y es que pueden empezar a hacer cambios que nosotros llamamos cambios subjetivos. 

El camino del grupo no ha sido fácil. Primero porque no todos los pacientes están dispuestos a ver. Cada paciente pasa por momentos terapéuticos diferentes  y hay quién no quiere, no puede o no está preparado para desmontar la construcción que se ha creado de su historia. Para muchos es más fácil creer que todo lo que les pasa en su vida es por culpa de la adicción, como algo externo a ellos que no pueden controlar. Cuántas veces hemos oído en los grupos “es que los adictos somos”… como si no hubiera diferencia entre unos y otros…cuándo esto se daba en nuestro grupo de psicodrama siempre puntuábamos “los adictos no sé cómo son, yo quiero saber cómo eres tú, qué sientes tú…” pero a veces las resistencias podían más que el deseo por saber y en este recorrido algunos abandonaban el grupo. 

Pero todavía hubo una resistencia que nos lo puso más difícil y era la nuestra propia. En este caso puedo hablar de la mía. Pasar de ocupar la silla de paciente a la de terapeuta me costó más de lo que yo pensaba. La visión desde ese lado me daba mucho miedo. ¿Sabré hacerlo bien?,  ¿les daré respuestas? ¿Haré que se cuestionen? Me embarcaba en un bucle de pensamientos sin salida, como si mi función fuera  salvarles la vida con mi intervención que hacía que fuera incapaz de escuchar nada más que mi propio miedo. Yo, colocada en el lugar del Saber que tiene que darles respuestas. Angustioso para mí y desde luego nada terapéutico para ellos. 

Sólo apartado del ideal es que el animador facilitará la búsqueda del cuestionamiento del paciente. Si caemos en la trampa inconsciente  de decirles quiénes son o qué quieren se acabó el cuestionamiento, se taponó el deseo.  El terapeuta no viene  a responder, viene a ser la herramienta con la que el paciente va viendo su verdad, va develando las capas que construyeron su historia. 

Pero no es fácil, porque de entrada los pacientes van a buscar en ese Otro (los terapeutas) ese Saber. Nosotras ocupamos para ellos ese lugar de Supuesto Saber… Dime tú qué me pasa, tú eres el terapeuta, dime que tengo que hacer… y, a veces, resultaba muy difícil mantenerse en el “Supuesto” y más en un contexto donde el resto de grupos así era. Estaban acostumbrados a que el terapeuta les dijera que es lo que había que hacer en cada supuesto… si tienes ganas de consumir avisa a un familiar, si tienes momentos del día que sientas que corres más peligro de consumir apúntate a actividades, asiste a grupos todos los días de la semana y un largo etc… Como si se tratara de alumnos adoctrinados por maestros de las adicciones. Y… ¿Cómo hacer para no caer en la trampa gozosilla de quedarnos en el saber sin el supuesto??… Pues supervisión  y terapia individual, no queda otra. 

Leía a Enrique Cortés  en su libro Conferencias de Psicodrama: “coordinar (hablando del papel del terapeuta en el grupo) es un arte donde no hay recetas. Solo el propio trabajo personal del coordinador”. 

Cuando consigues apartarte de ese lugar del Saber es que puedes atender lo impredecible, lo inesperado, que surge en el discurso de los pacientes. Y así, poco a poco y supervisión a supervisión vimos crecer y crecimos a la vez con el grupo. Me quitaré un momentito el “supuesto” del Saber (solo un momentito) para deciros que es gratificante escucharles cuestionarse. Es gratificante cuando de repente uno de ellos después de un tiempo dice ¿os habéis dado cuenta que en este grupo no hablamos de drogas? ¡Lo sabíamos!, este era un espacio diferente y era inevitable no sentir el gusanillo de satisfacción en el estómago.  Lo que me lleva a la identificación y por qué sabíamos que utilizando el psicodrama como herramienta en nuestro grupo les ayudaría a tener otra visión de sí  mismos  y de la adicción.  

La mayoría de nuestros pacientes vienen con la etiqueta de adicto muy arraigada. Incluso cuando se presentaban, a veces, no nos decían ni sus nombres, solo la sustancia a la que estaban enganchados y el tiempo que llevaban consumiendo. Siempre hablaban en plural…”nosotros somos”, como apuntaba antes. 

Además, la mayoría compartían espacios en lo que se conoce como los grupos de narcóticos anónimos donde cada uno se relacionaba con el otro  a través de una identificación única. Básicamente esto que dicen de que si tú no has sido adicto no puedes ayudarles porque no has pasado por lo mismo. Pero entonces, se les brinda la oportunidad de crear un espacio grupal donde cada uno está expuesto a la mirada del otro y donde empiezan a darse las transferencias, no solo hacia los terapeutas sino también hacia los otros miembros del grupo, posibilitando que cada uno de ellos se pueda reconocer y a la vez diferenciar por medio del otro. Es por medio de la identificación con  la historia  del compañero que pueden hablar de su propia historia y es por medio de la mirada de los otros que pueden empezar a romper con esa imagen del Yo Ideal para dar paso a una imagen menos rígida y que corresponde con el Ideal del Yo, lo que conocemos como identificación progresiva. Cuántos pacientes hemos escuchado decir en el grupo “es que ya no sé quién soy” cuando la imagen de adicto que tenían dejaba de cumplir su función. Es cierto que esto no viene sin angustia pero ahí donde hay angustia es que hay deseo. Deseo por saber quiénes son más allá de ese Otro. Sujetos deseantes. 

Al cabo de un tiempo de hacer psicodrama con externos nos lanzamos y empezamos a hacerlo también con internos. Teníamos un hándicap y era que los pacientes nos solían estar más de seis semanas ingresados pero, aun así, decidimos seguir adelante. Jorge era un paciente que venía para seis semanas, su discurso era siempre el mismo. Se sentía abandonado por sus padres. Nunca habían estado cuando los necesitó y decía que lo habían tenido sin amor. En una sesión de psicodrama, el discurso de un compañero le lleva a recordar una escena en la que su madre lo lleva al hospital con diez años sin decirle nada. Le dijo que iban a llevarle un regalo a su tía que trabajaba allí y cuando llegó lo dejó y se marchó corriendo.  Lo iban a operar de fimosis en realidad. Recuerda el miedo que pasó y la sensación de abandono que sintió. Al hacer la escena se le invierte el rol  y habla de su inseguridad como madre y de no saber cómo manejar esa situación, por lo que lo deja con su tía que es enfermera y puede explicarle mejor qué es lo que le iban a hacer.  Tras la escena y desde su lugar dijo: “no me abandonó, me dejó con mi tía, no lo supo hacer de otra manera”. 

Este paciente tras esa escena faltó al siguiente encuentro. Cuando se le preguntó por qué había faltado el anterior viernes nos dijo que cuando venía a psicodrama los viernes el fin de semana lo pasaba fatal, soñando y preguntándose cosas a cerca de su vida. Cuando se le preguntó por esas cosas en las que pensaba dijo que empezaba a ver su historia de manera diferente y que quizás habían cosas que no eran como las recordaba.   

Pequeños cambios subjetivos…de eso se trata…