El otro nos duele…

Nos pone constantemente en las narices una realidad a la que damos la espalda, la castración, el hecho de que la completud, la media naranja es sólo un sueño de verano. El otro nunca va a ser ese que pretendo, ni nos va a poder dar respuesta a nuestros anhelos. Desde ahí, que la relación puede ser enormemente frustrante.

Más allá de los inicios, donde el enamoramiento nos lleva a reducir las distancias y a negar las diferencias, viendo en el otro a quien queremos ver, el camino de la pareja va a ser un encuentro constante con la diferencia (con un otro que no ve, no vive ni quiere las cosas de la misma manera). Ese otro del que nos enamoramos no es más que el espejismo de un reencuentro, pero al fin y al cabo espejismo.

Ese espejo nos va a devolver siempre una imagen rota, que no va a corresponder con lo esperado. Desde esa frustración, vamos a pelear constantemente, a pedir que el otro cambie para que no nos duela nuestra herida, en una lucha constante por hacer del otro uno otro diferente al que es. Pero ésto, ya sabemos, no puede ser.

Por un lado se tratará de aceptar la diferencia que el otro supone y por otro hacernos cargo de nuestra propia herida. Pero para ello, primero debemos hacerla consciente.

Cada cual lleva su mochila de historias que siguen condicionando nuestra existencia y nuestras relaciones de manera inconsciente. Sin saber cómo, transferimos al otro esas demandas y anhelos, le pedimos que cure nuestra herida, pero el otro, nada puede hacer con ella. Nos dolemos de nuestros viejos agujeros, que en pareja revivimos a cara de perro con el otro. Las transferencias que un miembro de la pareja deposita sobre el otro son alimentadas por las respuestas de éste, produciéndose un juego bidireccional de espejeo mutuo. Por eso, a veces los espacios de pareja se estancan en la discusión, en el querer llevar la razón, en el no poder ver al otro, etc.

El psicodrama no se estanca en la discusión del tú a tú, sino que se centra en cómo lo subjetivo de cada uno interfiere en el espacio común. Las escenas no se juegan con el otro de la realidad, sino que se escoge a un otro (yo auxiliar). Esto va a permitir cierta distancia, la necesaria para poder ver lo que la presencia del cónyuge no permite. De ésta forma, el protagonista dela escena puede explorar “su propia escena” y los lugares donde queda atrapado, con la posibilidad de que aquel que hace de auxiliar en la escena pueda dar otras respuestas alternativas que permiten desligar la madeja y ofrecer opciones.

Por otro lado, el partenaire, que mira la escena desde fuera, puede tener una perspectiva de cómo es visto por el otro.

Las escenas encadenarán con otras escenas, las de la propia historia, que laten sin saberlo en el fondo, tocando las mismas cuerdas y los mismos daños.

Se trata por tanto de un dispositivo que nos ayudará a tomar distancia del conflicto y poder reflexionar sobre lo propio, sobre lo que pedimos al otro, sobre la influencia de nuestras escenas particulares, aquellas de nuestra infancia, donde se forjó un tipo de vínculo con el otro y también sus heridas.

Poder jugar las escenas cotidianas que frecuentemente llevan al desencuentro da la posibilidad de ver qué pone cada cual en ellas, para poder mirar de otra manera al otro y a la relación, proporcionando al mismo tiempo la posibilidad de abordar de otra manera las dificultades. Poder entendernos y entender un poco mejor al otro, dejándole de pedir lo imposible, asumir que la visión propia no es absoluta, que hay otras formas, y que éstas no necesariamente nos agreden, sino que piden espacio, es la manera en que el espacio de pareja puede vivirse desde otro lugar.

El trabajo psicodramático permite levantar los bordes de las viejas heridas para advertir que algunas de ellas siguen intactas. Que el puro recuerdo del dolor puede doler igual que el mismo golpe y que los maquillajes sólo fueron analgésicos.

Dar otra mirada a las viejas películas, poder mirar las afrentas desde otras orillas y sumergirse en el pasado para encontrarse con la escurridiza verdad.

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