Nos encontrábamos ante un grupo de trabajadores que se dedicaban al ámbito de lo social y que habían sido convocados para abordar con ayuda externa dificultades o cuestiones que andaban pasando diariamente en sus jornadas.
Ya de por sí, pues no lo concibo de otra manera, se requiere de respeto, tacto y amor, mucho amor para poder aplicar la herramienta psicodramática en un grupo clínico que en teoría se muestra predispuesto a explorar su mundo y acercarse a la responsabilidad subjetiva que le envuelve, pero en este contexto, un grupo operativo, donde el foco estaba puesto en asuntos estrictamente ajenos a uno, la tarea se tornaba más difícil y esta dosis de escucha tierna tomaría protagonismo para allanar el camino.
Sin embargo, me sorprendió como desde el minuto uno, quien primero tomó la palabra, ya desveló al grupo lo que allí aconteciera esa tarde: “YA NO ES EL TRABAJO, ES LO EMOCIONAL”. Esta persona, posteriormente fue elegida como yo auxiliar para representar una escena por su sabiduría…con lo cual sus palabras dieron impulso a los compañeros y fueron bien acogidas. Curiosamente, habían cambiado las tornas y ellos eran ahora los que se sentían desamparados, donde el trabajo que estaba significado de varias maneras (la familia, mi razón de ser, mi casa, mi apuesta, el lugar donde quiero estar…), se hallaba en riesgo por diversos cambios en el mes próximo, con lo cual era lógico que se sintieran tristes, enfadados, decepcionados, desánimados… pues en lo laboral no había problema, ya habían tocado otras puertas y diseñado plan B y C, pero lo que se perdía, en lo que se perdían…era lo EMOCIONAL, en el DESAMPARO de cada uno de ellos, que en el despliegue de la sesión fue remitiendo a la historia propia, la individual. No era la primera vez, ni mucho menos, que se habían topado con el sentimiento de indefensión y desvalimiento de incapacidad para modificar una determinada circunstancia, pero igual el quid no era tanto en cambiar lo externo, pues la realidad se nos escapa, sino en ampliar la mirada y creo o me atrevo a decir, que algo de eso pudieron palpar de nuestro encuentro.
Julio se preguntaba “¿qué va a ser de mí? 22 años de servicio en saco roto”. En un principio, pareciera que algo de su identidad se desvanecía, el trabajo había venido a ampararlo en algún momento de su vida, del que poco sabemos, y ahora eso era líquido, incierto; pero afortunadamente, en la segunda parte del taller pudo darse otra respuesta, no centrada sólo en el coste emocional, como él mismo expresaba, sino que efectuó un giro a su discurso: “no hubiéramos sabido quiénes somos si no hubiéramos pasado por aquí, hemos crecido”.
Mari Carmen, resuena con el desamparo, echa en falta unas pocas palabras que acoten y den cuenta de lo vivido, que alguien se sentara con ellos a explicarles el momento que atraviesan. Posiblemente en algún episodio particular fueron necesarias esas palabras y no se dieron. Ahora mismo, no está preparada para adentrarse y compartirlo con el grupo, pero sí nos da pistas de que el peso que siente en el estómago está relacionado con otras situaciones que lleva encima sin saber afrontar o resolver.
Sonia, al hilo de este peso, se pregunta ¿qué va a ser de ti? Se organiza una escena donde colocar a aquellas personas para quienes va dirigida esa preocupación. Ello facilita que conecte con su padre, una persona que tras la adicción lo perdió todo y su modo de funcionar actual es vivir en la calle. Gracias al cambio de rol puede entender un poco más la decisión de esta figura como hombre, pero se abre otra pregunta “como padre no he entendido ese desamparo, ¿por qué me das y luego me lo quitas?” Este reclamo es el que anda latente en términos laborales, ¿por qué me das el puesto, si luego me lo quitas?
Elsa, rememora el rechazo que ha sentido de su madre, lo que siempre le ha llevado a preguntarse ¿por qué no soy suficiente para ella? De nuevo, es una pregunta que se cuela en lo laboral, ¿por qué no somos suficientes para la empresa?
Avanzados en la segunda parte del taller, algunos de ellos plantean cómo se las ingenian para hacer con el desamparo, si tenemos en cuenta que una de sus definiciones es el sentimiento de indefensión, no tardarán en fabricarse las defensas…
Marina se instala en no necesitar nada del otro, ella no requiere de explicaciones como Mari Carmen, sin embargo, se queja de la falta de cercanía y empatía por parte de la empresa. Realiza una escena donde enlaza un exceso de su madre “me tenía demasiado cogida”, y como respuesta se posiciona en la frialdad “no me toques”, es un mecanismo que utiliza cuando algo le duele en exceso”.
Bea muestra cómo su defensa es la negación y dar de más al padre para que se sienta orgullosa de ella, pues, aunque nos relata que en un momento muy concreto de su vida se sintió reconocida por él y eso anda solucionado, la letra pequeña nos indica otra cosa, pues por qué continúa esforzándose para ser vista por él o por qué se deja ella misma fuera en el discurso del grupo, a pesar de que dice haber encontrado el lugar donde quiere estar: “que no les reconozca a ellos me jode”.
Carmelo ha permanecido callado durante el transcurso del taller, pero su cuerpo manifiesta que ha experimentado cosas mientras escuchaba a los compañeros. Se le invita a poder decir algo de esto, pero evidencia aún más el papel que tienen las defensas ante lo que nos duele: “no soy de exponerme, me lo suelo comer yo por no preocupar al de al lado ¿QUÉ NECESIDAD TENGO YO?”
Aunque él mismo viene a responderse que sino su cuerpo sufre e igual hablando lo aliviaría, Julio viene a concluir indirectamente su pregunta:
LAS PENAS COMPARTIDAS SON MENOS PENAS
Y sí, estamos de acuerdo Julio, el grupo se torna una salida ante tanta indefensión.
Sólo me queda decir gracias, porque desde mi lugar de la observación, como dice Gennie Lemoine “se oye sólo lo que se es capaz de decir, pero que sin el otro permanecería no dicho”.
Más que intentar descifrar el enigma, propondrá cifrarlo, más que armar un fatuo e ingenioso fuego de palabras, nombrará las palabras en juego. Hará evidente la estructura del cristal, hará visible el árbol que ocultaba la hojarasca para que cada uno de los leñadores, se lo pueda llevar consigo y en la singularidad de su bosque privado lo pueble de unicornios, de duraznos, de magnolias y, si así lo desea, de jilgueros. O lo haga leña.

